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Holmes & Cia.
Dos indispensables obviedades: la primera es antigua; la característica fundamental del más famoso de los detectives, Sherlock Holmes, estuvo inspirada en el poder de observación y deducción del doctor Joseph Bell, uno de los maestros que más profunda huella causaron en Arthur Conan Doyle. La segunda es actual: el detective que surgió de un médico retornó a la medicina en el personaje televisivo Gregory House; aunque afirmar que House es un personaje Holmesiano es inexacto pese al alud de referencias que la serie televisiva arroja sobre el canon literario, como el hecho de que ambos sean adictos a ciertas drogas, que tengan el corrosivo humor tan propio de los antihéroes, incluso el
número de la dirección en la que habitan; guiños que van subiendo en importancia y complejidad. Que Wilson, el mejor y quizá único amigo de House, sea lo que antaño fuera Watson a Holmes, también es relativo. Veamos: Watson participaba de los casos de Holmes, se asombraba de sus dotes deductivas y lo más importante: fue su cronista, pues a la literatura le importa mucho quién y por qué se cuentan los hechos. En la serie Wilson es apenas un elemento de ornato mediante el cual House pueda lucir sus parlamentos. Es alguien que ya ni se asombra de la inteligencia de su amigo y eso lo puede reducir, a veces, a un bobo insensible, aunque ciertamente carismático. Ya en la época de Conan Doyle una parodia literaria a cargo de Maurice Leblanc, creador del astuto y cínico ladrón Arsenio Lupin, había convertido a Watson en un personaje tonto llamado Wilson y a Holmes en el falible Herlock Sholmes. Como si fuera una profecía Watson, al ser despojado de su labor de cronista terminó siendo un Wilson desencantado y el lacónico Holmes ha pasado a ser un estrambótico House.
Lo que no es de ninguna manera superficial y quiere ser la esencia de House es su carácter deductivo que le dio fama a Holmes y aquí podría comenzar una verdadera discusión de fondo: las deducciones de Holmes, a pesar de ser manipulaciones literarias, son siempre explicadas al fin y lógicamente logradas en cada una de sus aventuras. Con House la mayoría de sus espectadores necesitaríamos estudiar acaso 10 años de medicina para saber si lo que nos dice es científicamente cierto o, por lo menos, posible. Supongo que tal requisito es irrelevante si acordamos que en el imaginario colectivo la ciencia se ha convertido en nuestra nueva mitología y como tal no precisa ser explicada. Las demostraciones de la lógica de House vienen en dos categorías: por una parte ejerce una ciencia deductiva -a veces, hay que decirlo, terriblemente ramplona- cuando consulta en el área de Clínica y otra, intrincadamente elaborada y con seguridad blofera, en el área de D
iagnóstico Médico, con su equipo de especialistas. En realidad House se mueve por intuiciones disfrazadas de deducciones ya que a lo largo de cada episodio algún suceso en apariencia trivial y desvinculado generará una epifanía que es la respuesta al misterio médico. Aunque tal fórmula tiene probado encanto lo cierto es que la clave no está en la cabeza de House, sino en el guión del episodio. La solución permanece cifrada en la crónica que dejó de ser de Watson y se convirtió en la de ese narrador omnisciente llamado cámara.
Quizá la conversión del detective policial en detective médico era natural desde hace muchos años: la manera de resolver un crimen se tornó química y dejó de ser física, pero la serie televisiva Dr. House propuso algo de alguna manera nuevo: los criminales que dañaba a la gente ya no fueron bandidos, sino virus y bacterias, células cancerosas y lo que Borges llamó la “rencorosa legalidad” se volvió un asunto teológico en más de un sentido: en las calles venosas, en los sombríos parques de los pulmones, en la dura carretera de huesos, un infraganti virus hace de la suyas y el detective House debe detenerlo, pero ¿quién lo permite? La ley de la salud y de la genética la establece Dios, o la igual de implacable Naturaleza; muchos episodios de Dr. House ponen en la balanza problemas filosóficos, éticos y teológicos. En ese sentido cabe decir que Holmes, siendo claramente mucho más brillante que House, nunca fue tan pretencioso. El detective consultor de la calle Baker resolvía misterios sólo para no aburrirse y ganar algún dinero.
Pero antes de dejar caer la severidad sobre la cabeza de House apuntemos que la codiciada práctica de la deducción no es un asunto simple y muchos autores han preferido la franca repetición de lo ya pensado. Tal fue el caso de Guillermo de Baskerville pues su autor, Humberto Eco, no sólo construyó a su personaje con alusiones directas a Holmes, como tomar –palabra por palabra- la descripción que Watson hace de Sherlock en Un Estudio en Escarlata y ponerla en labios de Adso para describir a su tutor y maestro Guillermo, o que llevara en el nombre el apellido que anuncia la novela detectivesca más famosa de Conan Doyle El sabueso de los Baskerville. Claro homenaje que comienza a demeritar cuando detectamos que el personaje de Eco no aporta al gremio de los detectives su propia inteligencia y que debe importarla de otras obras: la primera muestra de pensamiento deductivo que Guillermo da en la novela El nombre de la rosa es sobre el caballo fugitivo del Abad, episodio que Eco calca de la obra de Voltaire, Zadig. Tristemente para el semiólogo italiano, Zadig se lleva de lado a Guillermo pues no sólo deduce cómo es el caballo perdido del rey, sino también describe a una perra extraviada perteneciente a la reina. Cuando Guillermo entona el discurso de Voltaire suena impresionantemente pretencioso, en boca de Zadig es realmente astuto y sarcástico. La adaptación cinematográfica que en México recordamos como Crimen en el monasterio hace en su guión una suerte de justicia divina: el franciscano inglés revela sus poderosos poder
es intelectuales deduciendo, para Adso, en qué parte de la abadía se encuentra el baño. El resto es el portentoso collage que conocemos: hondas huellas en al nieve que súbitamente se suspenden, procedentes de un hombre que carga un enorme peso y camina hacia atrás, papeles envenenados, recursos tomados de novelas policiales antes escritas que hicieron eco en Humberto. Visto así, Guillermo de Baskerville no es inteligente, es apenas un copista decente, refinado y de buen corazón, del Medievo pero, igual que aquellos, ignora el valor total de lo que copia. Pero las virtudes de El nombre de la rosa son otras que no implican al pensamiento deductivo.
Sherlock Holmes no sólo refinó en sus aventuras el método deductivo, además implementó el carácter de “detective consultor”: el cliente con problemas acudía a su departamento, y a la vez oficina, a consultarle un problema que en muchas ocasiones Holmes resolvía sin salir de su domicilio, como se puede resolver un problema de lógica matemática. Esta idea resultó, en consecuencia, enormemente seductora y muchos autores la pusieron en práctica. El método deductivo dejaba de ser trabajo de campo y se concentraba en algo que no era precisamente un laboratorio sino, paradójicamente en una celda. “La respuesta no la encontrará en esos zapatos baratos” reza la célebre frase que el asesino en serie, Hannibal Lecter, dispara a la abrumada y cabizbaja agente del FBI
Clarice Starling durante la primera entrevista que tienen en la prisión de máxima seguridad donde ella ha buscado asesoría del asesino para poder atrapar a otro asesino serial. Hannibal Lecter permanece preso por haber asesinado y ser peligroso. Su comportamiento enfermizo lo lleva a comprender cómo actúan sus iguales y por eso su asesoría es valiosa, además su inteligencia lo lleva a meterse en la mente de sus interlocutores y los obliga a intercambiar horrores íntimos. Hannibal Lecter es sólo la reluciente punta de un iceberg de célebres consultorías en cuya base se encuentra, para deleite nuestro, el personaje creado por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares: Don Isidro Parodi, acusado injustamente de haber asesinado a un hombre, pero cuya agudeza mental le permite desenmarañar misterios de quienes lo consultan en su prisión. Parodi verdaderamente ejerce sus habilidades deductivas como si celebrara una sesión de psicoanálisis, pues todas sus pistas están en el lenguaje con el que sus clientes exponen sus enigmas policiales.
El oficio de detective consultor hoy ya no resulta novedoso, pero en los años que Conan Doyle lo pone de moda lo es y con ella critica con dureza la capacidad intelectual a los detectives de Scotland Yard. Son años violentos considerando que Jack el Destripador –acaso el más sonado fracaso de Scotland Yard- aterra Whitechapel, hacia 1888.
Si hoy nos empeñamos en ver a Holmes como un clásico debemos considerar que Conan Doyle estaba dando vida a un personaje eminentemente actual para su época. Tenía 28 años cuando publicó, en 1887, la primera historia que incluiría a su famoso detective. Situó el momento en el que sus personajes compartieron domicilio hacia 1881 e imaginó que entonces Sherlock Holmes debió tener 27 años y el doctor John Hamish Watson, 29. Tales cifras son significativas: Conan Doyle tomó distancia en el tiempo pero sus personajes rondaban su edad de entonces. Para darles verosimilitud como personas reales puso a Holmes, desde su primera exposición del método deductivo en Un estudio en escarlata, a examinar a Auguste Dupin como un simple personaje imperfecto de Edgar Allan Poe. Así, Doyle decide saldar rápidamente su deuda con el personaje ficticio más importante de entre sus antecesores, creado 46 años antes, en 1841.
Ahora le toca a Gregory House saldar con igual rapidez y efectividad sus deudas con Sherlock Holmes. Claro, siendo sensatos y sin dejar de considerar la enorme fama de Holmes, aún cabe preguntar ¿por qué resulta tan fascinante la serie televisiva Dr. House si no toda su audiencia ha crecido leyendo a Sherlock Holmes? Tengo para mí que a generaciones nacidas de los 80´s en adelante les seducirá su violenta y cínica honestidad o sus excentricidades adolecentes que en un decano veterano se ven simpáticas, pero para los que nacimos dos o tres décadas antes tengo otra teoría: porque crecimos viendo las caricatura Don Gato y su pandilla. Tenemos en el subconsciente la inteligencia, el humor negro y el liderazgo innegable de Don Gato haciendo de la suyas. Cada que House comienza a ordenar a su equipo análisis médicos parece retu
mbar en el callejón de nuestros recuerdos la voz de Don Gato como si ordenara: “Cucho, realiza escaneo de ventilación pulmonar; Demóstenes, un encefalograma; Panza, examen de excremento; Espanto, métete a la casa del paciente y busca partículas tóxicas; Benito, tú… tú consígueme una rosquilla. ¡A moverse!”
A los dos les fascina el jazz: ver a Don Gato hacer de una raqueta vieja su guitarra es como ver a House con su guitarra eléctrica. Cuddy es el Matute de House, e
s la ley que siempre burla, y claro, Don Gato tiene por Wilson (y ya e
ntrados en gastos, por Watson) a Benito Bodoque para maravillarlo con astucias gatunas. Pandilla de gatos, equipo de diagnóstico y amigo confidente. Todo un poco revuelto, pero los ingredientes son los mismos.
Dr. House ha llegado a la quinta temporada y ha sabido transformarse para no morir por hastío. Al término de su última temporada lo vemos internado en una institución mental y hasta el próximo septiembre la audiencia no sabrá por dónde va la trama de este estimado heredero de Holmes y de Don Gato; pero algo me dice que su mente brillará incluso en reclusión y surgirá la figura del “médico consultor” que como Hannibal Lecter o como Isidro Parodi resolverá acertijos médicos sin salir de su celda.
Si su deuda con Holmes se posterga quizá lo veamos siguiendo los derroteros del detective de la calle Baker y muera sin dejar rastro alguno, para luego dedicar una temporada a revisar sus archivos muertos, las memorias de Wilson, y verlo revivir otra temporada más. Quizá verlo un día, viejo pero digno y astuto, dar un último saludo en el escenario, evitando algún conflicto
internacional.
Demasiadas y emocionantes premoniciones. Hace 150 años, el 22 de mayo de 1859, nació Arthur Conan Doyle, y se las debemos casi todas a él. -
Instrucciones para embrujar una mansión
La casa en cuestión deberá ser grande, es pésima inversión tratar de embrujar un departamento o un cuarto de hotel. Es sabido que los fantasmas requieren sitios amplios, aunque sean imágenes flotantes, capaces de atravesar muros y aún siendo en esencia seres que ya no ocupan un lugar en el espacio, lo ocuparon antes, y el espacio es un hábito difícil de dejar.
Si pretende que un inquilino llegue a sentir miedo al escuchar ruidos en la recámara contigua, la cual sabe vacía, requiere, por lo menos dos recamaras: Escuchar ruidos en su propia habitación lo llevaría a pensar en un ratón y luego de haber colocado raticida en las esquinas del cuarto el inquilino se convencería de que los muros son muy delgados y sus vecinos muy ruidosos. Pronto se acostumbraría a los ruidos y tendríamos el doblemente triste caso de un fantasma ignorado. Los sitios públicos son bocas de tormenta para los fantasmas pues los asimilan y diluyen con pasmosa facilidad. Nadie distinguiría la cantidad de fantasmas que caminan entre la multitud por una avenida, los que recorren los pasillos de una tienda departamental como clientes indecisos, o a los fantasmas inmóviles que, de pie, aparentan viajar en un apretado vagón del metro.
Un fantasma requiere espacio, pero tampoco les son idóneos los lugares inmensos: nadie en su juicio buscaría un fantasma en el desierto, donde no los hay, porque compiten desigualmente con los espejismos y con los delirios que ocasionan el demasiado sol y la falta de agua. En el mar los fantasmas son poco funcionales, precisan de barcos errantes o lomos de bestias enormes que permanezcan quietas como islas terribles. Los manglares y los bosques suelen albergar fantasmas atípicos, que más que espantar precisan reconocimiento y admiración de los vivos, pues un fantasma en pena requiere una –y sólo una– enorme y gran pena que lo atormente; no miles de incomodidades y soledades como las que ofrece la naturaleza en esos sitios. Quien ha superado yacer con el jején, el mordisco del cocodrilo, la humedad del mangle; o en el bosque, la furia de la ardilla y la velocidad de los nogales, nada tiene que temer del desamor, la traición y la mezquindad humana. Sin embargo, ciertos fantasmas subsisten en pantanos y bosques pues algo tienen esos sitios de laberínticos, y nada tan propicio para un fantasma como un laberinto. Las ciudades son los mejores laberintos: enormes, confusos y absurdos. Dentro de la ciudad una mansión relativamente grande es verdadero caldo de cultivo para fantasmas poderosos y duraderos.
Embrujar una mansión es un acto laborioso. Quien se proponga esta meta deberá saber que seguramente le llevará toda su vida lograrlo y que quizá no le toque ver el resultado. Una mansión no se llena de espantos traídos de otras partes. Quien piense que un fantasma puede ser convocado en una sesión espiritista o con una ouija y luego adoptado para que asuste en su casa como si fuera una mascota, se equivoca rotundamente. No negaré que alguien lo ha logrado pero al final sólo consiguió convertir su mansión en una prolongada fiesta de disfraces en la que de repente se dejaban ver espíritus salvajes de apaches, de aldeanos decapitados o de bandoleros de la revolución. Lo que fácil llega, fácil se va; esa mansión un día dejó de tener actividad fantasmal que, por otra parte, era frívola, pues la raíz de esos fantasmas se encontraba en otro lado: si un fantasma es como un libro que no se ha leído, estos fantasmas son libros de páginas arrancadas. Y bueno, que un alma se encuentre penando no significa que ande de gira artística. El método aquí propuesto ofrece fantasmas caseros, genuinos, casi orgánicos; parte de la finca, como sus propios cimientos.
Una vez elegida la mansión es indispensable averiguar de la manera más completa todos los datos posibles sobre la gente que la ha habitado. Lo mejor sería que uno mismo la hubiera construido: de ser así, sería prudente revisar el capítulo titulado “Recomendaciones a la hora de construir una mansión que se piensa embrujar” y atender los consejos sobre la distribución angustiosa de las habitaciones, la preferencia sobre los pisos de madera crujiente, la importancia de vigas visibles en el techo, la existencia de bodegas obscuras, insanos sótanos húmedos ubicados junto a aljibes abiertos y áticos donde las arañas y la acumulación del polvo encuentren su lugar; pasillos largos y estrechos con poca iluminación y jardines sombríos al interior con árboles que a contraluz produzcan siluetas inquietantes, entre otras artes escénicas propicias al embrujamiento.
Si no fuera tal el caso y se ha adquirido una mansión ya construida, insisto, saber lo más posible sobre quienes la han habitado es muy importante. Recordemos que una casa es un contenedor de vidas y por ello un receptor de emociones que a la postre quedan mimetizadas con la construcción. Si la casa ya ha tenido habitantes miserables reconocerá fácilmente la miseria nueva y se apropiará de ella. Si las familias que han habitado esa mansión han sido dichosas estamos ante un problema serio; una regla sobre la naturaleza de los embrujos es que sólo el dolor y la desdicha los fija; es como la vitamina D que permite al cuerpo aceptar la vitamina C. Contra todo abecedario sin la D primero no hay la C. Así, sólo la pena sostenida y profunda engendra fantasmas y por eso para embrujar una mansión no debemos buscar muertos en pena, sino vivos en pena: ¿Sabe que a su vecina la abandonó su marido? Pídale que viva en una habitación de su enorme casa mientras sufre y llora. Cuando la conformidad le llegue, ella deberá marcharse. ¿Conoce a un niño que ha sido golpeado por su padre y huye de casa lleno de desconcierto y rencor? Refúgielo en su patio para que despacio, por las piedras del jardín, deposite todas sus miradas agresivas, pero cuando se haya calmado y su ausencia haya asustado lo suficiente al desatinado padre, permítale regresar a casa. ¿Sabe del hombre cuyos amigos lo traicionaron y perdió la poca fortuna que tenía? Permítale que sea su sala el lugar donde planeé su venganza, pero si su odio se enfría y se debilita su capacidad de réplica, pídale que regrese más tarde y ya nunca le permita entrar, pues su rencor habrá menguado y ya sólo tendrá fuerzas para perdonar y olvidar.
Es muy posible que esa mujer, ese niño o ese hombre, cuando fallezcan, regresen y se aparezcan dentro de los linderos de su propiedad, inmersos en aquel dolor, odio y frustración que la casa absorbió un día.
Atención: no se trata de que secuestre a un anciano y lo torture por conseguir dolor para su mansión; el asunto es mucho más sutil. Si usted visita hospitales, escuelas o cárceles abandonadas, las encontrará cargadas de murmullos, de gritos y energía vital desbordada sin motivo aparente; esos sitios han sido siempre la encrucijada de sentimientos humanos pero tales descargas de emotividad no logran en consecuencia ningún alma en pena porque ser fantasma exige voluntad. Voluntad de sufrimiento. Voluntad de ser. Si secuestra a un anciano y lo tortura lo hará gritar, maldecir, llorar, suplicar y si usted es un torpe torturador novato incluso lo matará sin querer y al final el espíritu de ese anciano no deambulará por los pasillos de su mansión pues nunca fue su voluntad compartir ese dolor. Su mansión debe recibir el dolor ajeno como si recibiera un regalo.
Pero si ha hospedado a seres felices, entonces el procedimiento cambia un poco en su principio. La casa ha tenido una historia buena y usted, como aspirante a dueño de una mansión embrujada, puede tomar eso a su favor. Lo que usted debe hacer es agredir la construcción. La casa que ha tenido tiempos gratos es como una persona cuya historia no le ha dado motivos para herir a nadie, una persona que la fortuna abraza y no entiende ni concibe los procedimientos de la pena. Sólo una mala vida la volverá resentida y desconfiada. Esa casa afortunada debe dejar de serlo: tome pico y pala y abra un boquete sin mayor finalidad. Clausure sus ventanas. Tape los bajantes para que la azotea se convierta en un estanque lamoso y la mansión se llene de humedad. Divida los cuartos grandes y ventilados en pequeños rincones sombríos. Encemente los jardines; derribe todo árbol agradable y que el sol le caiga como plomo. Píntela del color que más desagrade a quienes antes la querían y la cuidaban. Llénela de ratas, las cucarachas vendrán solas. Su casa será miserable, pero esto sólo debe durar un tiempo; no tan pequeño como para que su mansión no sienta el abandono y no tan largo para que afecte la estructura y se derrumbe. El daño debe ser moderado; luego la reparará con estilo sobrio y la dejará lista para recibir a sus invitados dolientes quienes, después de cien o ciento cincuenta años, serán afanosos fantasmas. Entonces su propiedad valdrá mucho más de lo que vale una casa cualquiera, normal y sin pizca de personalidad. Entienda, lo sembrado rendirá fruto, no para el casero visionario que es usted, sino para el casero del mañana que será su nieto o bisnieto a quien herede la obra de toda su vida.
Piense que quizá, si se apasiona lo suficiente, un día usted deambule con terrible expresión desencajada a través de estos muros soberbios.
Cuento publicado en Magis 412 Octubre de 2009 more -
Al estilo Perec
Me acuerdo del silencio de mis muñecos y de sus hazañas secretas.El hilo sobre la letra
La obscuridad era casi completa en el teatro. Ya había sonado la tercera llamada y una luz tenue se hizo en el escenario iluminando un pequeño muñeco sentado en su diminuto escritorio donde simulaba escribir con su pluma de ganso: era Hans Christian Andersen creando uno de sus célebres cuentos, o al menos así nos pedía que imagináramos la ilusión de aquel espectáculo. Estaba escribiendo “El soldadito de plomo” y, como si el pensamiento de aquel muñequito escritor repercutiera en todo el escenario, una voz comenzó a contar la historia: apareció un ejército de soldados de plomo, entre ellos, el protagonista, para el cual el metal no alcanzó a moldearlo totalmente y le faltó una pierna, pero eso no le impidió vivir su aventura; enamorarse de una princesa de papel que habitaba un castillo y, tras incontables avatares, fundirse con ella al calor de su amor.
Para mí el espectáculo era múltiple: allá, en el escenario, los muñecos se movían con maestría y aquí, en mis piernas, mi hijo Santiago de tres años permanecía inmóvil expectante y fascinado por todo lo que transcurría ante él. Presenciar el emocionante suceso en la vida de Santiago me hizo intentar recordar en qué momento de mi vida había contemplado por primera vez algo tan imponente y armónico como aquello. Porque una cosa era jugar con muñecos y hacerlos saltar y dar maromas; colgarlos de una hilaza y bajarlos desde la azotea hasta una pila con agua en el patio o hacerlos caminar por una jungla de macetas y enfrentar la ferocidad de las catarinas: muy temprano descubrí el sentido de la aventura, pero mis muñecos nunca decían nada importante; encontrar la belleza y la inteligencia del lenguaje me fue más complicado. Esa magia estaba en los libros, en los ojos lectores, en la sonoridad de la palabra precisa.
Aquella tarde, en el teatro, escuchando el perfecto relato de Andersen aliado a los movimientos de los títeres, tuve que reconocer que había hilos sosteniendo con gracia cada enunciado: no eran frases dichas al acaso, no era sólo la necesidad de contar una historia, era la proeza de hacerlo como nadie lo había hecho antes, era la capacidad de conmover al escucha: los hilos que mueven las palabras son los mismos que nos jalan las fibras más íntimas y nos hacen sentir una historia. Santiago sintió aquel cuento; yo lo sentí. La fusión final que ofrece el argumento y arroja un corazón de plomo con una lentejuela dentro no es una tragedia sino un amor realizado. Lo maravilloso de las metáforas es que nos alejan de la tragedia y nos mantienen a salvo. Ese final fue, para mí, la fusión de la palabra con la acción, la sincronía de lo valioso, la búsqueda de la literatura: algo que descubrí hace mucho, siendo niño, y no lo recordé hasta entonces que me encontraba ante un telón de obscuridad y los aplausos de Santiago.
El soldadito de plomo de Hans Christian Andersen, representado por la compañía argentina de Omar Álvarez, el 4 de septiembre de 2009.more
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